Esta mañana me toca quedarme al cuidado de ella, mientras estudio. Está dormida aún así que puedo concentrarme un rato.

Se levanta. Va andando a sentarse en su carrito de ruedas, en el recorrido que hace cada mañana. Para su sorpresa, esta vez no está. Se lo han llevado y no le cuadra.

No ha dormido mucho esta noche. Sigue rara, alterada, como si percibiera estímulos ahí fuera que no le permiten estar tranquila (a veces, por su expresión, incluso parecería que ve cosas que no están ahí).
Hipótesis: la nueva medicación.
Como tantas hipótesis con ella: palos de ciego.

Ese estado alterado, junto con esta nada grata sorpresa que desafía su rigidez, hace que emprenda el camino de vuelta. Desde la entrada, por el pasillo, hasta llegar a su cuarto de nuevo. Se la ve confusa. Tampoco quiere cama. No hay carrito, no quiere cama ni sofá, pues la vía de en medio: se tira al suelo. Sólo escucho u observo. Intento intervenir lo mínimo. Preguntar y si no pide ayuda, seguir a lo mío. Aun así no es fácil no intervenir.

Al poco tiempo, se queja. Quiere levantarse. No puede por sí misma, por su falta de equilibrio y fuerza, y por su excesivo peso. La levanto. Quiere cama.
Se queda allí mientras vuelvo al estudio.

Al poco rato se queja de nuevo. Me asomo y está otra vez en el suelo. Pero tampoco quiere levantarse, así que la dejo un rato.

Vuelvo al estudio. Vuelve a quejarse. Esta vez sí se quiere levantar, pero no logramos encontrar forma. Piernas flexionadas para impulsar el cuerpo al levantar, agarre por los brazos casi llegando a los hombros. Pero tampoco sabe o puede ayudar mucho. Tras varios intentos, consigo levantarla.

Va a la cama. Dura poco. Quiere desayunar. Siempre lo hace en su carrito de ruedas que ahora no está. ‘Big trouble’, que diría ese cómico de moda. De nuevo confusa y paralizada por no encontrar el carrito, le ofrezco la silla de la cocina y, sorpresa, la acepta. Un aspecto del real e incorruptible protocolo de actuación es vulnerado por ella misma. Esto es más difícil que cambiar la sagrada Constitución en España. Además, se muestra tranquila mientras empieza a comer su pan con aceite.

Aprovecho para volver al estudio. Pero dura poco la tranquilidad. Suena un golpe, como de algo rompiéndose en pedazos. El aceite ya va por el suelo, y el plato roto en pedazos.
Breve regañina. Esta vez no me apetece ser muy psicólogo.  No me apetece ponerme junto a ella a recoger, así que lo hago yo olo rápido para volver a concentrarme en el estudio cuanto antes. Mira con su cara entre cabreo y saber que ha hecho algo malo.
No quiere ir al sofá ni a ningún lado. Se queda en la mesa con la cara hacia abajo. Al rato se queda dormida en esta posición.

No ha sido ni la mañana más tranquila, ni la más movida.

Tan solo, una mañana cualquiera.

Anuncios