20 de mayo de 1998. Medio país delante de las pantallas en para ver uno de esos acontecimientos lúdicos de masas que tanto nos mueven. En este caso, final de la Liga de Campeones. Por aquel entonces yo aún era un crío seguidor empedernido de estas cosas. Muy aficionado al fútbol, madridista, y fan de Pedja Mijatovic. Jugador que sería el gran protagonista de la noche marcando el único gol del partido, que dio la copa al Madrid, 30 años después de la última.

Ahora cuando ganan se ve como “una más”. Pero en aquella época no era tan habitual.

Mijatovic se convirtió en el héroe del club de fútbol con más seguidores del mundo. Y, para mi, que ya lucía orgulloso su camiseta, lo fue un poco más.

Pero este jugador montenegrino no sólo era el héroe de la séptima. Era muchas más cosas, como todas las personas. Una de esas cosas que también era: padre de un hijo con parálisis cerebral. Algo que quizá es más merecedor de la etiqueta de ‘héroe’ que meter un balón por un hueco determinado en un día señalado.

Recuerdo alguna entrevista de aquella época en la que mencionaba a su hijo.
Hoy me han pasado esta entrevista realizada ayer mismo, en la que se hace referencia a aquel gol que lo llevó a la gloria. Su respuesta muestra el otro lado del héroe, y la significación, el sentido positivo que da a algo que a priori sólo parecería negativo (como, en este caso, la discapacidad en su hijo).

Me parece que tiene su lugar en un espacio como este. Aquí queda:

Entrevistador: ¿Cambiaría aquel gol por algo?

Mijatovic: Por la salud de mi hijo que murió hace ocho años. Y no sólo por su vida. Cambiaría todo lo que he conseguido por haberle escuchado decir algo. Porque él, Andrea, era paralítico cerebral, no hablaba, no caminaba, no se comunicaba… Lo habría dado todo por escuchar un «hola, cómo estás». No pudo ser.

Entrevistador: Decía Kevin Keegan que «el asunto más difícil es encontrar algo para reemplazar al fútbol, porque no hay nada». ¿Es tan grande el vacío de después?

Mijatovic: Depende cómo seas. Yo en los años más bonitos de mi carrera viví la enfermedad de mi hijo. En esos momentos en los que crees que incluso puedes volar, cuando te sentías poderoso y notabas el calor de toda la gente, mi hijo siempre tenía crisis. Muchos días y noches en el hospital. Eso ha sido un contrapeso mío. Yo me decía: «No eres nadie, ya ves que no eres nadie, no puedes hacer nada para que tu hijo mejore». Te preguntas: «¿Quién eres?». Y la respuesta es nadie. Mi hijo ha tenido una misión en mi vida. La de salvar a su padre. Piensas que eres Dios y en realidad no eres nadie.

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