La mirada fija que casi nunca ella mantenía.
Es la misma que por parte de otros merecía

Y precisamente por estas últimas recuerdo que de pequeño me sentía avergonzado, a veces, al ir al lado de mi hermana. Sentía que casi todos nos miraban. Me era especialmente vergonzante el hecho de volver del colegio, llevándola de la mano, y ver como en ocasiones se tiraba al suelo por algún cambio de humor. Me veía ahí, en mitad de una acera repleta de niños, algunos de ellos compañeros de clase, mirando y señalando. En la playa, por ejemplo, me ocurría algo parecido. Ganas de un qué coño miras, que una vez se me escapó de adolescente.

La sensación no es que fuera tan errónea. Quizá sí la reacción interna, mezcla de cierta verguenza intrínseca y de ‘instinto protector’. Todos nos fijamos en lo diferente (más aún los niños), aunque no con intención de burla necesariamente. Demasiado joven para no estar al acecho.

Momentos que me hacían sentir incómodo.
Sin embargo, hoy ya en la memoria, llaman mi curiosidad.

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