Rescato esta entrada de mi otro blog:

Es la otra falta de entendimiento. No sólo la suya. Sino la nuestra hacia ellos, que puede ser igual de grande. Incluso los que supuestamente deberíamos tener más conocimientos y estar más cerca de entenderlos. Esa “pena” por su naturaleza (como si nosotros fuéramos, acaso, más felices desde la nuestra), ese reparo en el trato (no comen, no; y se les puede hablar, y preguntar,como a cualquier otra persona), ese proteccionismo infantilizador, o el quedarnos en lo superficial de sus respuestas sin indagar más. Cosas que ni nos ayudan, ni les ayuda.

Está tranquila, en el sofá. Ausente, como casi siempre. Algo ocurre. Si no estás atento no te das cuenta, pero si prestas atención, a veces captas el disparador ambiental (cuando lo haya). Ese algo la hace iniciar el proceso. Se levanta del sofá. Revisa que las personas de su entorno tengan puestas las zapatillas. Va a ambos cuartos de baño y tira de la cisterna, sin haberlos usado. Repasa la casa cerrando puertas. Si te inmiscuyes involuntariamente en este proceso, te lo intenta expresar de alguna manera. Sea mirándote a ti o al objeto que le molesta. A veces durante el proceso verbaliza cosas como “venga David”, “pon zapatilla”. Otras no, y hay que indagar. Es complicado por su limitación verbal, pero normalmente la mejor opción es preguntarle “qué quieres”, ya que aunque no siempre responda, le motiva a ir en dirección hacia aquello que le molesta o atrae su atención, al menos.

Un ejemplo, hace un rato, mientras escribía la última entrada, en este brote escribiente que me ha dado. Venía a mi habitación. Suele ser para cerrarme la puerta, pero en este caso simplemente se quedaba en la entrada mirando algo. “¿Qué quieres?”. No responde. Quería concentrarme y me incomodaba. Le ordené irse al comedor, en un tono no muy agradable. No se mueve. Le cojo a mano para acompañarla. Parece no entender, o no querer, ya que opone resistencia. Valiente psicólogo, sí. Rectifico. “¿Qué quieres, Sara?”. Asoma la cabeza como para ver algo. Estaba la escoba y el recogedor. ZAS. Una manzana me cae en la cabeza:

escoba

Un par de días antes le había ayudado a barrer, cuando en uno de sus arrebatos había tirado la comida al suelo. “Que quiee barré” (quiero barrer), añade. Una novedad para ella que, al parecer, le gustó.

Me acordé de aquel texto que escribí, y que enlazo arriba.

Me la imagino leyendo aquel texto, levantando la cabeza para mirarme, y diciéndome: aplícate el cuento, psicólogo, que no te enteras

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